«Leyendo el último poemario de Natalia Litvinova»

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Leyendo “Soñka, manos de oro” el último poemario de Natalia Litvinova, escribo

Llueve, escucho el diminuto andar de las gotas de agua en la ventana.

Solo una pequeña luz en el departamento y el casi blanco y negro de la tapa del último libro de Natalia Litvinova: Soñka, manos de oro.

Deslizo mis dedos por el lomo y la solapa, el libro me embriaga.

Estoy al comienzo en la escena del juicio, una mujer habla y en sus respuestas desafía (¿acaba con el juicio de dios?, qué le importa)

soy hija, soy huérfana,

soy mujer, soy viuda,

y aunque me obliguen a decir

el nombre que me dieron al nacer,

moriré como Soñka, manos de oro.”

La vida es un perder el apellido, el nombre impuesto  para encontrarse con un otro nombre que cuenta en su universalidad lo más singular de nuestro hacer. Desde ese nuevo nombre Soñka – mujer, renueva la pregunta de Antígona

¿ante qué ley debo arrodillarme

si todas fueron escritas por los hombres?

Renueva y resuelve.

Sigo leyendo, Natalia escribe la voz de Soñka.

Soñka, ya no es Sofía, deja el saber para los dueños del logos y en su arte de robar interrumpe la herencia, la propiedad privada, escandaliza al amo, interrumpe la reproducción que hace a las mujeres bienes de intercambio y a los poderosos, dueños de una tierra que en tiempos pasados robaron. No hay mayor delirio colectivo que ser dueño de un terreno.

Soñka siente que en este juicio ya no se trata de la inocencia o la culpabilidad. Es el momento justo para decir que alcanzó a ser quien era desde sus primeros recuerdos.

Cuando nada o muy poco está distribuido, descompletar a ese otro que exhibe lo que no come y prohibe tocar o que se entrona, guardando en secreto, todo lo que un pueblo no alcanza a imaginar, robar es un acto que dignifica el deseo y trasciende la necesidad.

A Soñka le gusta “lo que se guarda bajo llave en las residencias de la aristocracia”. Antes que doméstica, ladrona, lleva la dignidad de trazarle fugas al sistema.

Sabe que cuando el deseo posee a los cuerpos y ese desear encuentra resquicios, no hay delito, ni hambruna, ni crimen. El robo se impone cuando se ahoga lo más vivo y los cuerpos son restos a veces ni contados como cifra.

Huérfana y viuda, Soñka viaja en tren, como un potrillo que se fuga de la doma. La potencia más vital está en los márgenes, en lo que no se adapta e irrumpe desde la oscuridad con la teatralidad silenciosa del arte y de la belleza.

Soñka organiza un colectivo de ladrones, casi una compañía teatral, donde el escenario es la obra, maquillaje, prolijidad, un cuerpo que toma múltiples formas, tan conocida e irreconocible. Una decisión: no robar a los pobres, ni a las mujeres, ni dejar a las familias sin pan. Robar como un don que desafía a la propiedad, a la herencia, a la domesticación.

Soñka siente los cuerpos maltratados de los caballos, siente el peso de la tristeza humana en esos animales de carga, domados, castigados ¿acaso la aristocracia no hace de todos los otros cuerpos, animales de carga? Soñka no puede abrazar al caballo, ni perderse en su dolor. Soñka puede buscar lápiz y papel para hacerles una canción, casi como un lienzo de tela, un arrullo.

Soñka condenada, vuelve al tren, en el ruido, en la velocidad de las imágenes, siente las venas de metal, vive el último viaje.

Soñka encontró a Natalia Litvinova, la embrujó con sus dedos de oro, le robó tiempo, pero la pobló con su voz mujeril y se hizo poesía entonces lo maldito por el juicio, cobró dignidad y vida.

Majo Bozzone