Comentario de la novela «Verano anfibio» de Laura Hoyo

Habiendo leído “Verano anfibio” novela de Laura Hoyo

Un tiempo anfibio, una doble vida o  una vida  en ambos medios pero cuáles.  ¿Tierra y agua? ¿Pasado y presente? ¿Vivos y muertos? ¿Prosa y poesía?

La voz narradora anda entre letras cursivas y normales escribiendo a veces en un mismo tiempo verbal el pasado y su recuerdo.  Entre un padre que hace lo que debe y una madre que es una suma desordenada y cubista de detalles (uñas sin esmalte, pantorrillas, risas contenidas)  se perfila un escribir que subraya una frase: “No sean como yo”

La pileta de la niñez, la pileta actual del hogar construido hacen a una acción crucial: detener la respiración ¿ sin respirar de detiene el tiempo o se llega a la puerta donde habitan nuestros muertos?.

La voz narradora se hace poeta y pide oir a sus muertos como a los grillos y a las cigarras, como Eos escucha a Titón.

Al leer esta novela me siento en esa infancia de libros mágicos para pintar que nadie recuerda, de palabras que dicen colores más que significados. ¿Es la memoria una creación para hacer con las voces del pasado un exhalación de vida ó es una cantinela de palabras rotas, húmedas y descoloridas?

Dice la voz que narra “Cuando mis muertos retoman sus cantinelas prueban cada palabra que vuelve a mi memoria Algunas de deshacen dulces en sus bocas y ya no tengo que ver qué hago con ellas. Otras, insisten en armar frases que yo voy dejando por ahí como guirnaldas descoloridas…” para continuar afirmando “Pero las palabras parece que se las arreglan lo más bien sin las voces de los muertos. Aprendieron a cabalgar el viento a sobrevivir esperando, alzándose en el crepitar del fuego o hundiéndose hasta tocar fondo en el agua…” // “ Todo lo que vi y quise estaba hecho de ellas. Y ahí siguen emperradas en pronunciarse…”

Escribir la infancia, es escribir silencios, palabras que no nombran, casi como escribir la muerte, lo innombrable. Tal como afirma la escritora “Mamar la lengua, armarla, amarla. En eso se me fue toda la infancia”

Entonces, en esta novela poética leemos que  al principio no fue el verbo, “fue mamá” // “Sus palabras fueron las primeras que alguien dijo para mí, pero no logro recordarlas. Quizá nunca las puedas escribir, quizá ya las dejé caer sobre mis  hijos recién nacidos sin saber que estaba repitiéndolas”.

Me pierdo en esta prosa que me habla, que me susurra al oído mientras leo  que “la lengua pudo volverse anfibia, torcer rumbo, dejar caer entre las suyas una palabra mía” descubriendo que “ la lengua de los que ya no están fue la que nos trajo al mundo”

Escribir es oír lo que el tiempo no permitió decir ni recordar.

Como simple lectora agradezco el respirar de esta novela, el susurro de cada página.

María José Bozzone