Te cuento que hace unos días, el 26 de agosto, fue aniversario de nacimiento de Julio Cortázar. Fue allá por 1914 en los inicios de la primera guerra Mundial.
Quizá la nostalgia, quizá el convencimiento que no hay otro ser que el hacer, ante la conmemoración me remito a lo primero leído por mí. Fue con los primeros anuncios de la democracia, cuando mi hermano Pablo me alcanza las copias de «Casa tomada». Para ese entonces, nosotros también hermanos, vivíamos en una casa propia aunque alquilada y definitivamente tomada por el temprano deterioro de nuestros padres. Lo decía la incesante y silenciosa marcha de la humedad en las paredes, en los cimientos, a pesar de nuestros esfuerzos. Lo decían las consecutivas roturas de caños, lo decía la sucesiva e inexplicable aparición de rajaduras en los arreglos, en los nuevos objetos -lámparas, frascos- que comprábamos con la convicción de detener o demorar el declive de quienes hasta ese momento nos habían, a su modo, protegido.
Lo leí con la esperanza de que la casa nos expulse al mundo, lo leí sintiendo en el cuerpo, en el pensamiento que mi país empezaba a liberarse de la peor toma de poder a manos de una dictadura cívico-militar.
«Casa Tomada» para muchos fue la metáfora del peronismo, para otros la renovación del mito de Adán y Eva. Algunos leen en el derrotero de Irene, su hermano y la casa, la lucha de clases. No hay quien duda que ha sido el presagio de los años más oscuros de la historia en Argentina. Julio , su autor, -aunque aclaró que su escrito nace de un sueño en cadencia de pesadilla- no negó ninguna de las interpretaciones, porque esa diversidad de lecturas es el arte que así permite denunciar y transformar distintos dolores y sucesos para torcer los avances de los poderes más ominosos.
Dejo este cuento en mi voz mientras miro la puerta abierta del departamento en donde vivo
Abrazos
Majo